Lo que el tratamiento también se lleva por delante
Muchos efectos secundarios de los tratamientos no se ven desde fuera. Cansancio, malestar, cambios físicos o emocionales pueden formar parte de la vida de quien intenta seguir adelante mientras su cuerpo atraviesa un proceso médico.
Cuando hablamos de un tratamiento, solemos hablar de lo que esperamos que consiga: que reduzca el dolor, que controle la enfermedad, que disminuya los brotes, que frene su evolución, que permita recuperar determinadas capacidades, que ayude a conseguir un embarazo…
Pero recibir un tratamiento no siempre significa simplemente tomar una medicación y continuar con la vida.
A veces, mientras ese tratamiento intenta ayudar en una parte, la persona tiene que aprender a convivir con todo lo que aparece alrededor.
Efectos secundarios que forman parte del día a día
Los tratamientos utilizados en enfermedades crónicas como la artritis, la artrosis o la esclerosis múltiple, así como los empleados durante determinados procesos de fertilidad, pueden producir efectos secundarios muy diferentes dependiendo de la medicación, la dosis y cada persona.
Puede aparecer cansancio, malestar digestivo, dolor de cabeza, alteraciones del sueño, cambios en el estado de ánimo, sensación de debilidad o dificultades para concentrarse, incluso pueden generar pensamientos de suicidio…entre muchos otros posibles efectos.
Algunos duran poco. Otros aparecen en determinados momentos del tratamiento. Algunos obligan a modificar la medicación junto con el equipo médico y otros acaban incorporándose, de alguna manera, a la vida cotidiana.
Y la mayoría tienen algo en común: desde fuera no se ven.
“Pero tienes buena cara”
Puedes estar sentado frente a alguien mientras intentas concentrarte en la conversación y sentir que tu cuerpo no responde como habitualmente. Puedes ir a trabajar después de una noche en la que apenas has dormido. Puedes quedar con amigos teniendo náuseas, cansancio o dolor. Puedes estar atravesando un tratamiento de fertilidad mientras continúas trabajando, haciendo la compra, respondiendo mensajes y participando en conversaciones en las que nadie sabe lo que está ocurriendo. Desde fuera quizá no haya nada especialmente llamativo.
Y eso, precisamente, puede generar una sensación difícil de explicar: estar viviendo algo muy presente para ti y prácticamente inexistente para los demás.
No porque quienes te rodean no quieran comprenderlo, sino porque muchas veces resulta difícil imaginar aquello que no podemos ver.
Tener que explicar constantemente cómo te encuentras
Cuando un síntoma es visible, el entorno recibe información sin necesidad de preguntar. Pero cuando no lo es, muchas veces la persona tiene que decidir continuamente si explicarlo.
¿Digo que hoy estoy agotada?
¿Explico por qué he cancelado?
¿Cuento que me encuentro mal aunque aparentemente esté bien?
¿Vuelvo a explicar que no es simplemente estar cansado?
¿Digo en el trabajo que hoy me cuesta concentrarme?
Hay días en los que quizá quieras hablar de ello y otros en los que estés cansada/o de tener que justificar cómo te encuentras. Explicar una y otra vez lo que ocurre también puede resultar agotador.
Y hay cambios que sí se ven
Otros efectos pueden hacerse visibles. Determinados tratamientos pueden producir cambios en el peso, hinchazón, alteraciones en la piel o el cabello u otros cambios físicos. Y entonces aparece una experiencia diferente.
Ya no se trata únicamente de cómo te encuentras, sino también de cómo te reconoces en tu propio cuerpo.
Mirarte al espejo y encontrar cambios que no has elegido puede afectar a la imagen corporal, a la autoestima o a la manera en la que te relacionas con otras personas.
Puede que esos cambios lleguen en un momento en el que ya estás intentando asimilar muchas otras cosas: un diagnóstico, una enfermedad que se prolonga en el tiempo, la incertidumbre sobre su evolución o un proceso de fertilidad que emocionalmente puede resultar muy exigente.
Puede parecer secundario frente al objetivo médico del tratamiento. Para quien lo vive, no necesariamente lo es.
Agradecer el tratamiento y pasarlo mal pueden coexistir
Hay una idea que puede resultar especialmente difícil: sentir que no deberías quejarte porque el tratamiento es necesario, porque está funcionando o porque has decidido voluntariamente iniciarlo. Pero querer continuar un tratamiento no significa que sus efectos no puedan resultarte difíciles.
Puedes estar agradecido porque una medicación está controlando tu enfermedad y estar harto de cómo te hace sentir. También puedes desear profundamente continuar un proceso de fertilidad y sentir que las hormonas, las pruebas, la incertidumbre y los cambios físicos te están pasando factura.
Puedes saber racionalmente por qué necesitas un tratamiento y, al mismo tiempo, desear no tener que pasar por él. Una cosa no invalida la otra.
El impacto no es únicamente físico
Cuando los efectos secundarios se mantienen en el tiempo, pueden empezar a influir en otras partes de la vida: en cómo trabajas, en tus relaciones, en tus planes, en tu sexualidad, en la manera de relacionarte con tu cuerpo, en tu paciencia, e tu alimentación, en las cosas que te apetece hacer y en las que tienes que cancelar… Incluso en cómo imaginas y organizas las próximas semanas o meses.
También puede aparecer frustración al comparar lo que antes podías hacer con lo que puedes hacer ahora, miedo a que determinados síntomas continúen o culpa por sentir que las personas que te rodean también tienen que adaptarse.
Por eso, acompañar una enfermedad o un tratamiento no debería consistir únicamente en preguntar por los resultados de una prueba o por si la medicación está funcionando. También es fundamental preguntar: ¿Cómo estás viviendo todo esto?
Lo que no se ve también necesita espacio
No necesitas que un síntoma sea visible para que sea real. No necesitas parecer enfermo para estar teniendo un día difícil. Y tampoco tienes que conseguir que todas las personas que te rodean comprendan exactamente cómo se siente aquello que estás viviendo.
A veces necesitarás explicarlo. Otras veces necesitarás poner límites. Habrá días en los que quieras seguir haciendo tu vida con normalidad y otros en los que tengas que cambiar los planes.
Aprender a convivir con un tratamiento también puede implicar aprender a escuchar un cuerpo que quizá ahora funciona de otra manera y permitirte reconocer el impacto emocional de todo el proceso.
Porque detrás de un tratamiento hay mucho más que una medicación, una inyección, una prueba o una pauta médica.
Hay una persona intentando seguir con su vida mientras su cuerpo atraviesa algo que los demás no siempre pueden ver.
En Marita. Acompañamiento psicológico acompaño a personas que atraviesan enfermedades crónicas, procesos de fertilidad y otras situaciones médicas emocionalmente exigentes, así como a sus familiares y cuidadores.
Cuidar cómo estás viviendo un tratamiento también forma parte de cuidar de ti.
¿En qué lugar de tu agenda estás tú?
Con la vuelta a la rutina recuperamos horarios, obligaciones y compromisos. Pero cuando la agenda vuelve a llenarse, ¿qué lugar dejamos para nuestro desarrollo personal y nuestra salud emocional?
Septiembre llega y la agenda vuelve a llenarse.
Regresan los horarios de trabajo, el colegio, las actividades, las citas médicas, las reuniones, las compras pendientes y todas esas tareas que durante el verano habían cambiado de ritmo o habían quedado aparcadas.
Poco a poco vamos encontrando un hueco para cada cosa. Hay compromisos que anotamos sin plantearnos demasiado si caben o no. Si tenemos una cita médica, buscamos cómo organizarnos. Si hay una reunión importante, bloqueamos ese espacio. Si nuestros hijos tienen una actividad, reorganizamos la tarde. Si alguien a quien cuidamos necesita que lo acompañemos, intentamos encontrar la manera.
Sin embargo, hay otras cosas que parecen funcionar de forma diferente.
Lo importante y lo urgente no siempre coinciden
Cuando tenemos muchas cosas que hacer, tendemos a ocuparnos primero de aquello que tiene una fecha, una consecuencia inmediata o alguien esperando al otro lado.
El trabajo tiene horarios. El colegio también. Una cita médica tiene una hora concreta. Las facturas vencen. Los correos esperan respuesta. Las personas que dependen de nosotros tienen necesidades que no podemos posponer indefinidamente.
Nuestro desarrollo personal, en cambio, rara vez tiene una fecha límite.
No ocurre nada visible por cancelar una tarde que habías reservado para ti. Nadie te reclama si llevas semanas queriendo retomar algo que te hace bien. Y quizá tampoco parece especialmente grave posponer una sesión con tu psicóloga porque esa semana tienes demasiadas cosas.
Siempre puedes retomarlo la siguiente.
Y precisamente por eso puede acabar quedándose siempre para después.
Aquello que hacemos por nosotros suele ser más fácil de negociar
Hay una diferencia importante entre pensar que algo nos importa y darle realmente un espacio en nuestra vida. Podemos valorar mucho nuestra salud emocional y, aun así, colocarla continuamente al final de la lista. No necesariamente porque no nos importe, sino porque compite con cosas que parecen más urgentes:
- “Esta semana tengo muchísimo trabajo.”
- “Con la vuelta al cole es imposible.”
- “Cuando termine de organizar todo, pido cita.”
- “Ahora mismo no tengo tiempo.”
Y probablemente todo eso sea cierto. El problema aparece cuando llevamos meses esperando a que llegue esa semana en la que haya menos cosas.
Porque quizá esa semana no llegue.
Ir a terapia también ocupa un espacio en la agenda
Empezar o continuar un proceso psicológico requiere tiempo.
Hay que encontrar una hora, acudir a la sesión y permitirnos detener durante un rato todo lo demás. Y eso puede resultar especialmente difícil para quienes están acostumbrados a organizar su vida alrededor de las necesidades de otras personas.
A veces pensamos en la terapia como algo a lo que recurriremos cuando estemos peor, cuando tengamos más tiempo o cuando haya pasado esa situación que ahora mismo nos ocupa.
Pero el trabajo personal no tiene por qué empezar únicamente cuando ya no podemos más.
Una sesión también puede ser ese espacio en el que comprender qué nos está ocurriendo, revisar cómo estamos afrontando una situación, aprender a poner límites, tomar decisiones o simplemente poder hablar sin tener que ocuparnos durante ese rato de cómo están los demás.
Priorizarte no significa colocarte siempre primero
Hablar de prioridades puede llevarnos fácilmente a otro extremo: pensar que cuidarnos significa ponernos siempre por delante de todo. Y la vida real no funciona así.
Habrá semanas en las que el trabajo necesite más de ti. Momentos en los que tus hijos requieran más atención. Etapas en las que cuidar de tus padres o acompañar a alguien importante ocupe inevitablemente gran parte de tu tiempo.
No se trata de convertirte siempre en tu prioridad número uno. Se trata de no convertirte sistemáticamente en la última.
Porque hay una diferencia entre posponer algo puntualmente porque la vida lo requiere y acostumbrarnos a que todo lo relacionado con nosotros sea siempre lo primero que desaparece de la agenda cuando faltan horas.
Quizá septiembre no necesite otra lista de propósitos
Con la vuelta a la rutina es fácil pensar en todo lo que queremos empezar o retomar: hacer deporte, comer mejor, organizarnos, leer más, aprender algo nuevo o recuperar determinados hábitos…
Pero el desarrollo personal no tiene por qué convertirse en otra obligación de septiembre.
Quizá la pregunta sea más sencilla. Cuando organizas tu semana y repartes tu tiempo entre aquello que tienes que hacer y las personas a las que quieres cuidar, ¿queda algún espacio para saber cómo estás tú?
No tiene que ser perfecto, ni tiene que ocurrir todos los días. Tampoco significa que nunca puedas cancelar o cambiar tus planes.
Pero aquello que es importante para nosotros necesita, de alguna manera, existir también en nuestra agenda. Porque si esperamos a ocuparnos de nosotros cuando todo lo demás esté resuelto, podemos pasar mucho tiempo esperando.
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En Marita. Acompañamiento psicológico entiendo la terapia como un espacio dentro de la vida real, con sus horarios, responsabilidades, cuidados e imprevistos.
No necesitas esperar a estar desbordada/o para dedicar tiempo a entender cómo estás y qué necesitas.
Volver a la rutina sin sentir que has parado
La vuelta a la rutina no siempre llega después de unas vacaciones reparadoras. Trabajo, colegio, uniformes, cuidados y tareas de última hora pueden hacer que septiembre empiece antes de haber descansado.
Agosto se termina y empiezan a aparecer las palabras de todos los años: vuelta a la rutina, vuelta al cole, vuelta al trabajo, vuelta a la normalidad. Parece que septiembre marca una especie de reinicio después de unas semanas destinadas a descansar, desconectar y recuperar energía.
Pero ¿qué ocurre cuando sientes que, en realidad, nunca llegaste a parar?
Las vacaciones no significan lo mismo para todo el mundo. Para algunas personas han sido semanas de descanso, viajes, desconexión y cambio de ritmo. Para otras, simplemente han cambiado las tareas, los horarios o el lugar desde el que seguían ocupándose de todo.
Unas vacaciones que quizá no fueron vacaciones
Tener días libres en el trabajo no significa necesariamente haber descansado. Durante el verano los niños pasan más tiempo en casa, cambian los horarios y hay que organizar comidas, planes, desplazamientos y actividades. Incluso viajar, cuando tienes personas a tu cargo, puede implicar seguir anticipando necesidades, preparando cosas y estando pendiente de que todo funcione.
Para otras personas, el verano ha seguido incluyendo el cuidado de unos padres mayores, el acompañamiento a un familiar enfermo o las responsabilidades que existen durante todo el año y que no desaparecen porque llegue agosto. También puede que hayas atravesado una situación personal complicada o que, simplemente, este verano no hayas tenido ni las circunstancias ni el estado de ánimo que solemos asociar con las vacaciones.
Y también están esos pequeños contactos con el trabajo que aparentemente no cuentan: responder un mensaje, mirar un correo, solucionar algo “que solo lleva un minuto”. Pequeñas interrupciones que pueden dificultar mucho más de lo que parece la sensación de haber desconectado.
Porque tener días libres y sentir que has descansado no siempre son la misma cosa.
La vuelta empieza antes de volver
Además, septiembre rara vez comienza el día 1. Muchas veces empieza varios días antes, cuando nuestra cabeza comienza a anticipar todo lo que hay que preparar.
Hay que recuperar horarios, pensar en la vuelta al trabajo, comprobar uniformes y ropa del colegio porque algo probablemente ya no sirve, comprar zapatos, libros o material escolar, organizar actividades, revisar citas pendientes y resolver esas compras de última hora que siempre aparecen.
También hay que volver a coordinar quién lleva a los niños, quién los recoge, cómo encajan los horarios laborales, las actividades y todo lo demás. Y mientras organizas la vuelta, las responsabilidades que ya estaban presentes durante el verano continúan ahí. Los padres a los que cuidas siguen necesitando ayuda, las responsabilidades familiares no desaparecen, la casa sigue funcionando y el trabajo vuelve a reclamar su espacio.
Así, septiembre puede empezar a llenarse incluso antes de haber llegado.
El agotamiento de tener que pensar en todo
Muchas veces no nos agota únicamente hacer las cosas. También nos agota tener que acordarnos de que hay que hacerlas.
Pensar qué falta, anticipar qué necesitaremos dentro de unos días, comprobar horarios, comprar, reservar, preguntar, coordinar y resolver los pequeños imprevistos que aparecen por el camino forma parte de una carga que no siempre se ve.
Desde fuera quizá alguien simplemente está “preparando la vuelta al cole” u “organizando septiembre”. Sin embargo, detrás puede haber decenas de pequeñas decisiones que ocupan espacio mental durante todo el día.
Y cuando vienes de unas semanas en las que ya has estado pendiente de otras personas, esa nueva lista puede aparecer justo cuando se supone que deberías regresar descansado.
“Pero si acabas de volver de vacaciones”
Existe una expectativa bastante instalada alrededor de la vuelta: después de las vacaciones deberíamos regresar con energía, descansados, motivados y preparados para empezar de nuevo. Pero quizá tú no vuelves así.
Puede que hayas cuidado más que descansado, que hayas tenido mucho más tiempo con tus hijos pero mucho menos tiempo para ti, que hayas pasado parte del verano preocupado por alguien o que simplemente hayas tenido unas semanas emocionalmente complicadas.
También puede ocurrir lo contrario: quizá hayas disfrutado muchísimo de tus vacaciones y, aun así, la vuelta te esté costando. Haberlo pasado bien no significa que el cambio de ritmo tenga que resultar sencillo.
No necesitas justificar por qué septiembre te pesa solo porque hayas tenido unos días de vacaciones.
La presión por empezar septiembre “bien”
A todo esto se suma que septiembre suele venir acompañado de una especie de enero adelantado. Parece el momento de volver al gimnasio, comer mejor, organizarse, recuperar rutinas, retomar proyectos, ordenar la casa y empezar todo aquello que dejamos pendiente antes del verano.
Sin darnos cuenta, podemos añadir a las obligaciones reales de la vuelta otra lista formada por todo lo que creemos que deberíamos empezar a hacer.
Pero no necesitas tener tu vida perfectamente organizada el primer día de septiembre. Puedes recuperar los horarios poco a poco, decidir qué es realmente urgente y qué puede esperar, repartir responsabilidades y permitir que algunas cosas encuentren su sitio durante las primeras semanas.
Volver a la rutina no tiene por qué significar recuperar inmediatamente el ritmo que tenías antes de marcharte.
La vuelta también necesita un periodo de adaptación
Pasar del verano a septiembre no es pulsar un interruptor. Cambian los horarios, las responsabilidades, la organización familiar y, muchas veces, también nuestras propias expectativas.
Si además llegas a este momento sintiendo que tus vacaciones no han sido exactamente unas vacaciones, quizá lo último que necesitas sea exigirte empezar septiembre al cien por cien.
No tienes que demostrar que has descansado porque hayas tenido días libres. Tampoco tienes que sentirte especialmente motivado porque comienza una nueva etapa ni aprovechar septiembre para reorganizar toda tu vida.
Quizá durante los primeros días simplemente necesites volver, recuperar poco a poco tus horarios y encontrar de nuevo tu ritmo.
Y volver poco a poco también es volver.
Si este verano has cuidado, organizado, sostenido y resuelto más de lo que has descansado, quizá septiembre no necesite empezar con más exigencia.
La necesidad de aprovechar el tiempo
Sentir que cada momento libre tiene que aprovecharse puede convertir incluso el ocio en una exigencia. ¿Qué ocurre cuando creemos que no hacer nada es perder el tiempo?
Terminas de trabajar y piensas en todo lo que podrías hacer después.
Llega el fin de semana y haces una lista mental de planes.
Tienes una tarde libre y, casi sin darte cuenta, aparece la pregunta: “¿Qué puedo hacer para aprovecharla?”
Parece algo positivo. Al fin y al cabo, aprovechar el tiempo suena bien. El problema aparece cuando deja de ser una elección y se convierte en una exigencia.
Cuando hacer “nada” empieza a producir incomodidad. Cuando un día sin planes parece un día perdido. Cuando descansar, improvisar o simplemente dejar pasar las horas viene acompañado de la sensación de que podrías estar haciendo algo más útil.
¿Cuándo empezamos a medir así nuestro tiempo?
Vivimos rodeados de mensajes que nos recuerdan constantemente todo lo que podríamos estar haciendo. Aprovecha las mañanas, el fin de semana, las vacaciones….
Haz ejercicio. Lee. Viaja. Fórmate. Ordena la casa. Queda con tus amigos. Dedica tiempo a tu familia. Cuídate. Cocina mejor. Empieza ese proyecto que llevas meses posponiendo. Incluso el autocuidado puede acabar convirtiéndose en una obligación más.
Y poco a poco podemos interiorizar una idea: si tengo tiempo disponible, debería utilizarlo bien. Pero ¿qué significa “bien”?
Cuando el ocio también tiene que ser productivo
A veces esta necesidad aparece incluso cuando estamos haciendo algo que, en teoría, hemos elegido para disfrutar.
Vamos de viaje y queremos verlo todo. Tenemos un fin de semana libre y sentimos que deberíamos hacer algún plan. Salimos a caminar y pensamos que podríamos aprovechar para escuchar un podcast. Nos sentamos a ver una serie y aparece la sensación de que quizá deberíamos estar haciendo otra cosa.
Hasta los momentos destinados a desconectar pueden convertirse en espacios que intentamos optimizar.
Y entonces ocurre algo curioso: estamos haciendo algo agradable, pero nuestra cabeza sigue evaluando si estamos utilizando bien ese tiempo.
“Hoy no he hecho nada”
Es una frase que decimos con mucha facilidad, pero casi nunca es cierta. Quizá has dormido más, has desayunado sin mirar el reloj, has hablado con alguien, has estado tumbado en el sofá, has dado un paseo sin ningún objetivo concreto, has mirado por la ventana, has perdido el tiempo. Y quizá ahí está precisamente la cuestión.
¿Por qué necesitamos justificar cada hora del día? ¿Por qué parece que el tiempo solo tiene valor cuando podemos explicar qué hemos hecho con él?
No todo momento necesita tener un propósito
Hay momentos que no tienen que servir para nada. No tienen que ayudarte a mejorar. No tienen por qué hacerte más productivo. No tienen que convertirse en una experiencia memorable. No tienes que sacarles una enseñanza. A veces puedes hacer algo simplemente porque te apetece. Y otras veces puedes no hacer nada en particular.
Esto no significa renunciar a nuestros objetivos, dejar de organizar nuestro tiempo o no disfrutar haciendo planes. Se trata de poder elegir. No es lo mismo pensar “quiero hacer esto” que sentir “debería estar haciendo algo.”
Quizá no necesitas aprovechar cada minuto
El tiempo no es únicamente algo que tenemos que llenar. Es además el espacio en el que vivimos. Y si constantemente estamos pensando en cómo aprovechar el momento siguiente, podemos acabar estando muy poco presentes en el que ya tenemos.
Quizá algunas tardes no necesiten un plan. Algunos fines de semana no necesiten ser inolvidables. Algunas vacaciones no necesiten una lista de lugares que visitar. Y algunos momentos no necesiten convertirse en nada.
Puedes organizarte, tener proyectos, hacer planes y querer aprovechar determinadas oportunidades. Y también puedes permitirte algo que, a veces, parece mucho más difícil: dejar que el tiempo pase sin sentir que tienes que demostrar que ha merecido la pena.
En Marita acompaño a personas que viven con altos niveles de autoexigencia, responsabilidad o carga emocional y que sienten que incluso parar, desconectar o no estar haciendo algo puede resultar difícil.
No todo tu tiempo tiene que ser productivo para tener valor.
Cuando te acostumbras a poder con todo
Ser quien resuelve, organiza y sostiene a los demás puede convertirse en un papel del que cuesta salir. Poder con todo no significa que tengas que hacerlo sola.
Hay personas a las que casi nunca se les pregunta si pueden. Simplemente se da por hecho.
Son las que resuelven, organizan, recuerdan, acompañan, buscan soluciones y aparecen cuando alguien las necesita. Las que, cuando surge un problema, probablemente ya están pensando qué hacer antes de que los demás hayan terminado de entender qué ha pasado.
Y muchas veces no es algo que hayan decidido conscientemente. Simplemente, se han acostumbrado a poder con todo.
Cuando ser fuerte se convierte en tu papel
Quizá llevas mucho tiempo siendo esa persona. La responsable. La resolutiva. La que mantiene la calma. La que escucha. La que sabe qué hacer. La que intenta que todo siga funcionando incluso cuando las circunstancias se complican.
Con el tiempo, ese papel puede acabar formando parte de cómo te ven los demás, pero también de cómo te ves tú.
Y entonces aparecen pensamientos como: “Ya me encargo yo”, “no quiero preocupar a nadie”, “no es para tanto”, “puedo solucionarlo”, “los demás ya tienen bastante con lo suyo”…
El problema no está en ser capaz. El problema aparece cuando sentir que tienes que poder se convierte en la única opción posible.
A veces los demás también se acostumbran
Cuando durante mucho tiempo has demostrado que puedes resolver las cosas, es fácil que quienes están a tu alrededor también empiecen a darlo por hecho. No necesariamente porque no les importes, sino porque se crea una dinámica, unas “leyes no habladas” que se mantienen en el tiempo.
Tú haces. Tú decides. Tú organizas. Tú sostienes.
Y cuanto mejor lo haces, menos evidente resulta que quizá tú también necesitas que alguien se acerque y te pregunte:
“¿Y tú cómo estás con todo esto?”
Incluso puede ocurrir algo paradójico: cuanto más necesitas ayuda, menos probable parece que alguien piense que la necesitas… Porque “de cara al público” sigues funcionando.
Poder no significa que no te esté costando
Una de las ideas que más daño puede hacer es pensar que, mientras sigamos cumpliendo con nuestras responsabilidades, estamos bien: puedes ir a trabajar, atender a tu familia, responder mensajes, resolver problemas, cumplir compromisos… Sonreír. Y estar atravesando al mismo tiempo una situación que emocionalmente te está resultando muy difícil.
Funcionar y estar bien no son sinónimos.
Hay personas que continúan haciendo prácticamente todo lo que hacían mientras por dentro sienten miedo, tristeza, incertidumbre, enfado o una enorme sensación de desbordamiento.
No hace falta llegar al punto de no poder más para reconocer que algo está siendo demasiado.
¿Qué pasa cuando eres tú quien necesita ayuda?
Aquí es donde muchas personas que están acostumbradas a sostener encuentran una dificultad inesperada.
Pedir ayuda puede resultar incómodo. Puede aparecer la sensación de estar molestando, de exagerar o incluso de estar fallando en algo que hasta ahora habías conseguido manejar.
También puede ocurrir que ni siquiera sepas exactamente qué pedir.
Porque has aprendido muy bien a detectar lo que necesitan los demás, pero quizá no has practicado tanto preguntarte: “¿Qué necesito yo ahora? “
Y esa pregunta puede ser mucho más difícil de responder de lo que parece.
No tienes que dejar de ser fuerte
A veces parece que solo existen dos opciones: poder con todo o derrumbarse. Pero entre ambas hay muchísimo espacio.
Puedes ser una persona responsable y necesitar apoyo. Puedes cuidar a alguien y necesitar que te cuiden. Puedes tomar decisiones y obviamente tener dudas. Puedes acompañar a los demás y necesitar un lugar donde no tengas que sostener a nadie. Incluso puedes ser y considerarte fuerte y decir: “Esto me está costando.”
Reconocerlo no elimina todo lo que eres capaz de hacer. Solo permite que tú también tengas un lugar dentro de todo aquello de lo que te ocupas.
Quizá no se trata de poder con todo
Quizá se trata de empezar a distinguir entre aquello que puedes hacer y aquello que realmente tienes que asumir. De permitir que otras personas participen, de decir que no sabes algo, de pedir compañía o incluso de reconocer que una situación te afecta aunque estés consiguiendo manejarla.
Y, sobre todo, de recordar algo que puede olvidarse fácilmente cuando llevas mucho tiempo siendo quien sostiene: Que puedas con ello no significa que tengas que poder con ello sola.
En Marita. Acompañamiento psicológico acompaño a personas que atraviesan situaciones emocionalmente exigentes y que, muchas veces, llevan demasiado tiempo intentando sostenerlas por sí mismas.
Pedir apoyo no significa dejar de ser quien eres. A veces significa permitirte no tener que hacerlo todo sola/o.
Sentirse solo no siempre significa estar solo
Sentirse solo no siempre significa no tener a nadie alrededor. La soledad emocional puede aparecer incluso cuando estamos rodeados de personas, especialmente si convivimos con una enfermedad o acompañamos a alguien que la vive.
Hay una idea muy extendida sobre la soledad: pensamos que sentirse solo significa no tener a nadie alrededor.
Sin embargo, muchas personas descubren que la soledad más difícil no aparece cuando faltan personas, sino cuando falta la sensación de ser comprendido.
Puedes estar rodeada/o de familia, amigas/os o compañeras/os de trabajo y, aun así, sentir que nadie sabe realmente cómo estás.
Y esa también es una forma de soledad.
La soledad emocional existe
No todas las soledades son iguales.
Existe una soledad física, cuando realmente no hay nadie cerca. Pero también existe la soledad emocional: esa sensación de no poder compartir lo que sientes o de creer que nadie va a entenderte. Muchas personas la viven en silencio durante años.
No porque estén aisladas. Sino porque han aprendido a responder siempre lo mismo: "Estoy bien." Aunque por dentro no lo estén.
Cuando convives con una enfermedad
La enfermedad puede cambiar muchas cosas: el cuerpo, las rutinas, los planes, las prioridades… Pero también cambia, en ocasiones, la forma en la que una persona se relaciona con los demás.
Hay quien deja de hablar de cómo se siente para no preocupar. Quien evita contar que tiene miedo. Quien sonríe para que su familia no sufra más. O quien piensa que los demás ya tienen suficientes preocupaciones como para añadir las suyas.
Poco a poco, sin darse cuenta, empieza a guardar sus emociones. Y ahí la soledad encuentra un lugar donde crecer. No porque falte cariño, sino porque falta la posibilidad de mostrarse tal y como uno está.
Cuando eres quien acompaña
La soledad también puede aparecer al otro lado. Quienes cuidan suelen convertirse en quienes organizan, recuerdan, resuelven y sostienen.
Muchas veces sienten que deben mantenerse fuertes. Que no pueden permitirse venirse abajo. Que su papel consiste en cuidar de los demás antes que de sí mismos. Y cuando todas las conversaciones giran alrededor de la enfermedad, es fácil que sus propias emociones queden en un segundo plano.
También ellos pueden sentirse profundamente solos.
Estar acompañado no siempre significa sentirse acompañado
Hay personas que tienen una gran red de apoyo y, aun así, sienten un enorme vacío. Y otras que cuentan con muy pocas personas, pero encuentran en ellas un lugar seguro donde pueden expresarse sin miedo. La diferencia no suele estar en la cantidad, sino está en la calidad del vínculo.
En sentir que no necesitas explicar demasiado. Que puedes llorar sin sentirte juzgado. Que puedes decir "hoy no puedo más" sin miedo a decepcionar a nadie.
Porque sentirse comprendido alivia mucho más que sentirse rodeado.
¿Qué puede ayudar?
No siempre podemos cambiar las circunstancias pero sí podemos intentar dejar de cargar con todo en silencio. Hablar con alguien de confianza, pedir ayuda, aceptar que no siempre hace falta ser fuerte…
Y, cuando lo necesites, encontrar un espacio donde puedas expresar lo que estás viviendo sin sentir que molestas.
Cuidar la salud emocional también consiste en dejar de afrontar algunas cosas completamente solo.
Si alguna vez te has sentido sola/o incluso estando acompañado, quiero que sepas algo. No significa que seas desagradecido. No significa que quieras menos a las personas que tienes cerca. Y tampoco significa que estés haciendo algo mal. A veces puede ser simplemente que necesitas un espacio donde puedas sentirte escuchado de verdad.
Porque la peor soledad no siempre es la ausencia de personas, algunas veces es sentir que no puedes mostrar cómo estás realmente.
Y nadie debería tener que sostener eso en silencio. A veces, el primer paso para dejar de sentirnos solos no es encontrar a más personas, sino encontrar un espacio donde podamos ser nosotros mismos
Las vacaciones también pueden remover emociones
Las vacaciones no siempre significan descanso. Cuando convives con una enfermedad o acompañas a alguien que la vive, el cambio de ritmo puede despertar emociones que durante el resto del año pasan desapercibidas.
Cuando pensamos en las vacaciones solemos imaginarlas como un tiempo de descanso, viajes, reuniones familiares o planes diferentes. Parece que todo invita a desconectar y disfrutar.
Sin embargo, para muchas personas, el verano también puede ser una época en la que aparecen emociones difíciles de explicar. Y no solo le ocurre a quien cuida de un ser querido. También a quien convive con una enfermedad. Porque las emociones no entienden de estaciones ni de calendarios.
Cuando eres la persona enferma
Vivir con una enfermedad supone adaptarse constantemente a una realidad que no siempre se elige.
Durante el año, las rutinas, el trabajo, las citas médicas o las responsabilidades diarias ocupan gran parte del tiempo. Pero cuando llegan las vacaciones y el ritmo cambia, muchas personas descubren que también cambia la forma en la que viven su enfermedad.
Quizá aparezca la tristeza al ver que otros pueden hacer planes que tú no puedes. Quizá sientas frustración porque el dolor, el cansancio o los síntomas siguen ahí mientras todo el mundo parece disfrutar.
Puede que incluso aparezca la culpa. La culpa por sentir que limitas a tu pareja, a tus hijos, a tu familia o a tus amigos. O la sensación de estar perdiéndote momentos que antes dabas por hechos.
No siempre duele únicamente la enfermedad. A veces también duele todo aquello que sientes que has tenido que dejar atrás. Y esa emoción merece ser escuchada.
Cuando eres quien acompaña
Las vacaciones tampoco siempre son sencillas para quien cuida. Muchas personas intentan que todo salga bien para los demás: organizan los planes pensando en las necesidades de quien está enfermo, buscan alojamientos accesibles, adaptan horarios, controlan la medicación, permanecen atentos a cualquier cambio y procuran que nadie note el esfuerzo que hay detrás.
Desde fuera puede parecer que todo fluye con normalidad. Por dentro, sin embargo, es frecuente sentir cansancio, preocupación o incluso culpa por desear, aunque sea por un momento, descansar de esa responsabilidad constante. Incluso desear que las “vacaciones” acaben.
Cuidar también implica sostener muchas emociones. Y eso puede hacerse especialmente visible cuando las rutinas desaparecen.
El verano puede hacer más visibles las emociones
Hay algo que ocurre con frecuencia y que muchas personas no esperan: cuando el ritmo disminuye, las emociones encuentran más espacio.
Durante meses podemos mantenernos ocupados resolviendo problemas, organizando citas, trabajando o simplemente sobreviviendo al día a día.
Pero cuando llegan unos días de calma, es posible que aparezcan emociones que llevaban tiempo esperando: tristeza, miedo, rabia, nostalgia, incertidumbre… incluso alivio.
Y todas ellas pueden convivir al mismo tiempo.
No significa que estés gestionando mal la situación, significa que eres una persona intentando adaptarse a una realidad que, en ocasiones, resulta muy exigente.
No hace falta que estas vacaciones sean perfectas
Existe una presión constante por aprovechar el verano. Parece que todos deberíamos descansar, viajar, disfrutar y volver con energía renovada. Pero la vida no siempre encaja en esa imagen.
Si convives con una enfermedad o acompañas a alguien que la vive, quizá estas vacaciones sean diferentes a las que imaginabas. Y está bien reconocerlo.
No necesitas sentirte agradecido todo el tiempo. Ni aparentar que todo va bien. Ni comparar tu verano con el de los demás.
A veces, descansar consiste simplemente en dejar de exigirte tanto. En permitirte sentir. En pedir ayuda si la necesitas. Y en recordar que no estás solo.
Si este verano hay días en los que sientes más tristeza, más miedo o más cansancio emocional, no significa que estés retrocediendo.
Las vacaciones cambian el ritmo, pero también dejan espacio para que aparezcan emociones que durante el resto del año permanecían en silencio.
Escucharlas no es una señal de debilidad. Es una forma de cuidarte. Porque tanto quien convive con una enfermedad como quien acompaña merece un espacio donde poder descansar, no solo físicamente, sino también emocionalmente.
No necesitas aprovechar el verano para convertirte en una nueva persona
Vivimos rodeados de mensajes que nos animan a aprovechar cada minuto del verano. Pero quizá no necesites hacer más, aprender más o cambiar más. Quizá solo necesites tratarte con un poco más de amabilidad.
Cada verano aparecen los mismos mensajes (como el primer lunes del año):
"Es el momento perfecto para reinventarte."
"Aprovecha las vacaciones para leer más."
"Haz deporte todos los días."
"Aprende un idioma."
"Organiza tu vida."
"Empieza nuevos hábitos."
Y, sin darnos cuenta, convertimos una época que debería ofrecer descanso en una nueva lista de obligaciones.
¿Y si este verano solo necesitas descansar?
No todo el mundo llega al verano con la misma mochila. Hay personas que llegan agotadas después de meses cuidando de un familiar. Otras han vivido una ruptura. Algunas atraviesan un proceso de duelo, o simplemente llevan demasiado tiempo funcionando en piloto automático.
Para ellas, descansar ya es un reto suficiente. No necesitan demostrar nada.
El descanso también es productivo
Vivimos en una cultura que premia estar siempre ocupados. Por eso, cuando dejamos de hacer, muchas personas sienten culpa. Como si descansar fuera perder el tiempo.
Sin embargo, el descanso también cumple una función: permite que el cuerpo recupere energía, que la mente se calme, que las emociones encuentren espacio… Y que podamos volver a nuestra rutina con más equilibrio.
No todo lo valioso tiene que producir resultados visibles.
No tienes que volver siendo otra persona
Quizá septiembre llegará y seguirás teniendo algunas dudas. Puede que tus problemas no hayan desaparecido. Puede que aún estés en medio de un proceso difícil. Y eso no significa que hayas desaprovechado el verano. En algunas ocasiones, el mayor cambio consiste simplemente en haberte permitido parar.
Dormir un poco más. Reír. Compartir tiempo con quienes quieres. O sobrevivir a unas semanas que tampoco estaban siendo fáciles.
No necesitas convertirte en una nueva persona antes de que termine agosto. No tienes que volver con una versión perfecta de ti. Quizá este verano solo necesites algo mucho más sencillo.
Tratarte con la misma amabilidad con la que tratas a quienes quieres. Porque descansar también es avanzar. Y porque no puedes sostener a todo el mundo sin sostenerte a ti primero.