Cuando el cuerpo también habla de lo que estamos viviendo
Hay momentos en los que sabemos perfectamente que algo nos preocupa.
Una situación familiar complicada, una relación que nos está haciendo daño, el cuidado de alguien, problemas en el trabajo, una enfermedad, una decisión que no sabemos cómo tomar o un conflicto que parece no tener solución.
Otras veces creemos que lo estamos llevando razonablemente bien. Seguimos trabajando, ocupándonos de nuestras responsabilidades y haciendo nuestra vida. Quizá incluso pensamos: “Estoy bien, puedo con esto”.
Pero entonces empieza a dolernos la cabeza. Dormimos peor. Notamos el estómago revuelto. Aparece tensión en el cuello o en la mandíbula. Sentimos presión en el pecho, palpitaciones, mareo, falta de energía o una sensación general de malestar que cuesta explicar.
Y surge una pregunta: ¿Puede lo que estoy viviendo estar afectando también a mi cuerpo?
Lo emocional y lo físico no funcionan por separado
A veces hablamos de la mente y del cuerpo como si fueran dos cosas independientes, pero aquello que sentimos provoca respuestas físicas constantemente.
Cuando tenemos miedo, nuestro corazón puede acelerarse. Cuando estamos nerviosos antes de algo importante, podemos notar el estómago cerrado. Cuando recibimos una buena noticia, sentimos una especie de energía recorriendo el cuerpo. Y cuando llevamos demasiado tiempo en tensión, nuestro organismo también puede notarlo.
El estrés activa mecanismos que nos ayudan a responder ante situaciones que percibimos como amenazantes o exigentes. El problema aparece cuando esa activación no dura unos minutos, sino días, semanas o meses. Porque no todas las amenazas de nuestra vida actual son algo de lo que podamos escapar físicamente.
A veces son una conversación pendiente, una situación familiar que se repite, una persona con la que no sabemos cómo relacionarnos, la incertidumbre sobre una enfermedad o un problema que nos acompaña cada mañana al despertarnos.
El cuerpo puede seguir respondiendo aunque aparentemente nosotros hayamos aprendido a continuar.
“No sé qué me pasa, pero no me encuentro bien”
No siempre somos conscientes de cuánto nos está afectando una situación. Podemos normalizar llevar meses preocupados, dormir peor de lo habitual o vivir constantemente pendientes de qué ocurrirá después. Incluso podemos acostumbrarnos a estar tensos.
Por eso, en ocasiones, el malestar físico se hace evidente antes de que hayamos conseguido poner palabras a lo que emocionalmente nos está ocurriendo. Pueden aparecer molestias digestivas, dolores musculares, cefaleas, alteraciones del sueño, sensación de cansancio, palpitaciones u otras manifestaciones físicas. Cada persona puede experimentarlo de manera diferente.
Eso no significa que cualquier síntoma físico tenga un origen psicológico. Y tampoco significa que debamos asumirlo sin más.
Que pueda ser emocional no significa que no sea real
Esta es probablemente una de las ideas más importantes cuando hablamos de somatización. Un dolor no deja de doler porque el estrés esté influyendo en él. Las náuseas no son imaginarias. La tensión muscular no es inventada. Las palpitaciones se sienten realmente. El cansancio también.
Decir que existe una relación entre nuestro estado emocional y determinadas sensaciones físicas no significa decir que “todo está en tu cabeza”.
Nuestro organismo responde a aquello que vivimos. Y esa respuesta es real.
Primero, descartar lo que necesita atención médica
También es importante no caer en el extremo contrario. Si aparece un síntoma nuevo, intenso, persistente o preocupante, no deberíamos atribuirlo automáticamente al estrés, a la ansiedad o a una situación emocional. Hay síntomas físicos que necesitan valoración médica.
Que estemos atravesando una época difícil no nos protege de tener además un problema físico, y ambas cosas incluso pueden coexistir. Por eso, especialmente ante síntomas nuevos o cambios importantes, es recomendable consultar con un profesional sanitario.
Una vez descartadas o tratadas las posibles causas médicas, podemos empezar a preguntarnos también qué está ocurriendo alrededor de ese malestar.
¿Qué estaba pasando cuando empezó?
A veces puede ayudarnos observar el contexto.
¿Cuándo empezó este malestar?
¿Qué estaba ocurriendo entonces?
¿Hay momentos en los que aumenta?
¿Me ocurre especialmente antes o después de encontrarme con determinada persona?
¿Empeora los domingos por la tarde cuando pienso en volver al trabajo?
¿Aparece cuando recibo un mensaje concreto?
¿Llevo semanas intentando resolver algo que no depende completamente de mí?
No se trata de buscar obsesivamente una explicación psicológica para cada sensación corporal. Se trata de ampliar la mirada, porque quizá ese dolor de estómago necesite una valoración médica y, además, haya una situación que lleva meses generándote una tensión enorme.
Las dos cosas pueden ser importantes.
Hay situaciones que no podemos simplemente “gestionar mejor”
A veces utilizamos expresiones como “gestionar las emociones” como si siempre existiera una técnica capaz de conseguir que algo deje de afectarnos. Pero hay situaciones que son objetivamente difíciles.
Cuidar durante mucho tiempo de una persona enferma desgasta. Mantener un conflicto familiar durante meses puede agotarnos. Vivir con incertidumbre genera tensión. Tener problemas económicos preocupa. Atravesar un tratamiento puede dar miedo. No siempre se trata de aprender a controlar lo que sentimos.
En ocasiones necesitamos comprender qué nos está pasando, poner límites, pedir ayuda, tomar una decisión, aceptar aquello que no podemos controlar o encontrar una manera diferente de relacionarnos con una situación que no podemos cambiar.
Y a veces necesitamos simplemente reconocer que “esto me está afectando más de lo que pensaba.”
Escuchar al cuerpo sin vivir pendientes de él
Prestar atención a nuestro cuerpo puede ayudarnos a detectar que algo necesita cuidado. Pero escuchar no significa vigilar constantemente cada sensación.
Cuando estamos preocupados por nuestra salud o muy atentos a las señales corporales, podemos entrar en un círculo en el que cualquier pequeña sensación genera preocupación, esa preocupación aumenta nuestra activación y la activación hace que aparezcan todavía más sensaciones físicas. Por eso el objetivo no es analizar cada dolor, cada latido o cada cambio, es aprender a observar el conjunto.
Cómo estamos durmiendo. Cuánto tiempo llevamos en tensión. Qué situaciones nos están afectando. Qué espacio tenemos para recuperarnos. Qué estamos intentando sostener solos. Y qué necesitamos hacer con aquello que nos está ocurriendo.
Quizá el cuerpo no esté pidiendo que lo ignores
A veces queremos que desaparezca el síntoma para poder seguir exactamente igual. Que deje de dolernos el estómago para continuar con el mismo ritmo. Dormir mejor para poder seguir ocupándonos de todo. Dejar de sentir ansiedad para poder soportar una situación que lleva demasiado tiempo haciéndonos daño.
Pero quizá, además de intentar aliviar el síntoma, merezca la pena preguntarnos qué está pasando alrededor. No para responsabilizarnos de estar sintiéndonos mal, sino para comprendernos mejor.
Porque algunas veces el cuerpo no nos está diciendo cuál es el problema ni qué decisión debemos tomar, pero sí puede estar avisándonos de algo más sencillo: que lo que estamos viviendo nos está afectando.
En Marita. Acompañamiento psicológico acompaño a personas que atraviesan situaciones vitales complejas, enfermedades, cuidados, conflictos familiares y etapas de alta exigencia emocional.
A veces empezar a encontrarnos mejor no consiste únicamente en intentar que desaparezca lo que sentimos, sino en comprender qué está ocurriendo en nuestra vida mientras lo sentimos.