Las vacaciones también pueden remover emociones

Cuando pensamos en las vacaciones solemos imaginarlas como un tiempo de descanso, viajes, reuniones familiares o planes diferentes. Parece que todo invita a desconectar y disfrutar.
Sin embargo, para muchas personas, el verano también puede ser una época en la que aparecen emociones difíciles de explicar. Y no solo le ocurre a quien cuida de un ser querido. También a quien convive con una enfermedad. Porque las emociones no entienden de estaciones ni de calendarios.

Cuando eres la persona enferma

Vivir con una enfermedad supone adaptarse constantemente a una realidad que no siempre se elige.
Durante el año, las rutinas, el trabajo, las citas médicas o las responsabilidades diarias ocupan gran parte del tiempo. Pero cuando llegan las vacaciones y el ritmo cambia, muchas personas descubren que también cambia la forma en la que viven su enfermedad.
Quizá aparezca la tristeza al ver que otros pueden hacer planes que tú no puedes. Quizá sientas frustración porque el dolor, el cansancio o los síntomas siguen ahí mientras todo el mundo parece disfrutar.
Puede que incluso aparezca la culpa. La culpa por sentir que limitas a tu pareja, a tus hijos, a tu familia o a tus amigos. O la sensación de estar perdiéndote momentos que antes dabas por hechos.

No siempre duele únicamente la enfermedad. A veces también duele todo aquello que sientes que has tenido que dejar atrás. Y esa emoción merece ser escuchada.

Cuando eres quien acompaña

Las vacaciones tampoco siempre son sencillas para quien cuida. Muchas personas intentan que todo salga bien para los demás: organizan los planes pensando en las necesidades de quien está enfermo, buscan alojamientos accesibles, adaptan horarios, controlan la medicación, permanecen atentos a cualquier cambio y procuran que nadie note el esfuerzo que hay detrás.
Desde fuera puede parecer que todo fluye con normalidad. Por dentro, sin embargo, es frecuente sentir cansancio, preocupación o incluso culpa por desear, aunque sea por un momento, descansar de esa responsabilidad constante. Incluso desear que las “vacaciones” acaben.
Cuidar también implica sostener muchas emociones. Y eso puede hacerse especialmente visible cuando las rutinas desaparecen.

El verano puede hacer más visibles las emociones

Hay algo que ocurre con frecuencia y que muchas personas no esperan: cuando el ritmo disminuye, las emociones encuentran más espacio.

Durante meses podemos mantenernos ocupados resolviendo problemas, organizando citas, trabajando o simplemente sobreviviendo al día a día.
Pero cuando llegan unos días de calma, es posible que aparezcan emociones que llevaban tiempo esperando: tristeza, miedo, rabia, nostalgia, incertidumbre… incluso alivio.
Y todas ellas pueden convivir al mismo tiempo.
No significa que estés gestionando mal la situación, significa que eres una persona intentando adaptarse a una realidad que, en ocasiones, resulta muy exigente.

No hace falta que estas vacaciones sean perfectas

Existe una presión constante por aprovechar el verano. Parece que todos deberíamos descansar, viajar, disfrutar y volver con energía renovada. Pero la vida no siempre encaja en esa imagen.
Si convives con una enfermedad o acompañas a alguien que la vive, quizá estas vacaciones sean diferentes a las que imaginabas. Y está bien reconocerlo.
No necesitas sentirte agradecido todo el tiempo. Ni aparentar que todo va bien. Ni comparar tu verano con el de los demás.
A veces, descansar consiste simplemente en dejar de exigirte tanto. En permitirte sentir. En pedir ayuda si la necesitas. Y en recordar que no estás solo.

Si este verano hay días en los que sientes más tristeza, más miedo o más cansancio emocional, no significa que estés retrocediendo.
Las vacaciones cambian el ritmo, pero también dejan espacio para que aparezcan emociones que durante el resto del año permanecían en silencio.
Escucharlas no es una señal de debilidad. Es una forma de cuidarte. Porque tanto quien convive con una enfermedad como quien acompaña merece un espacio donde poder descansar, no solo físicamente, sino también emocionalmente.

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No necesitas aprovechar el verano para convertirte en una nueva persona