Cuando estás mal, pero puedes sonreír

A veces tenemos una imagen muy concreta de cómo debería comportarse una persona que está atravesando un mal momento emocional.
Imaginamos a alguien triste, llorando, sin ganas de salir de casa, descuidando su aspecto o evitando relacionarse con los demás.
Y, aunque hay personas que viven así determinadas etapas, el sufrimiento emocional no siempre se manifiesta de esa manera.
Puedes estar atravesando una situación muy difícil y seguir levantándote cada mañana, arreglándote, trabajando, haciendo planes, quedando con amigos o compartiendo fotografías en las que apareces sonriendo.
Puedes incluso disfrutar de algunos de esos momentos y seguir estando mal.

Estar mal no significa estar triste las veinticuatro horas del día

Cuando atravesamos un duelo, una separación, una enfermedad, una situación familiar complicada o una etapa de ansiedad, nuestras emociones no permanecen necesariamente iguales durante todo el día.
Podemos despertarnos con una enorme sensación de tristeza y, unas horas después, reírnos con alguien. Podemos disfrutar de una comida y volver a sentirnos desbordados al llegar a casa. Podemos tener ganas de salir un sábado y no encontrar fuerzas para afrontar el lunes.

Las emociones cambian, incluso cuando la situación que nos preocupa continúa siendo la misma. Por eso, tener un momento de felicidad no significa haber dejado de sufrir.
Y poder sonreír no significa que aquello que estamos viviendo haya dejado de afectarnos.

Puedes arreglarte, salir y seguir sintiéndote mal

Hay algo que a veces cuesta comprender desde fuera: una persona puede dedicar tiempo a su aspecto físico, vestirse con ropa que le gusta, maquillarse, peinarse o prepararse para salir y, aun así, estar atravesando un mal momento emocional.
Cuidar nuestra imagen no siempre es un reflejo de cómo nos sentimos por dentro.

En ocasiones es una rutina que mantenemos. Otras veces es algo que nos ayuda a sentirnos un poco mejor, a conservar cierta normalidad o simplemente a disfrutar de una parte de nuestra vida que todavía nos resulta agradable.

Lo mismo ocurre con los planes. Salir a cenar, ir al gimnasio, celebrar un cumpleaños, hacer un viaje o pasar una tarde con amigos no significa que todos nuestros problemas hayan desaparecido. Podemos querer disfrutar y, al mismo tiempo, estar preocupados, tristes o emocionalmente agotados. No son experiencias incompatibles.

“Pues no se te ve tan mal”

Quizá una de las dificultades de vivir un malestar que no siempre resulta visible sea encontrarnos con comentarios que cuestionan lo que sentimos, como por ejemplo:
“Pues ayer te vi muy contenta.”
“Para estar tan mal, bien que sales.”
“En las fotos no parece que tengas ningún problema.”
“Si puedes hacer todo eso, no estarás tan mal.”

Estas frases parten de una idea equivocada: que el sufrimiento emocional tiene que manifestarse de una forma constante y reconocible para ser verdadero.Pero una fotografía muestra un instante, no el estado emocional completo de una persona.
Una sonrisa no nos cuenta cómo ha dormido esa noche, qué pensamientos tiene cuando está sola, cuánto le está costando tomar determinadas decisiones o qué ocurre cuando vuelve a casa y termina el día.

No podemos valorar el bienestar emocional de alguien únicamente por lo que vemos desde fuera.

A veces seguimos funcionando porque sentimos que tenemos que hacerlo

No siempre podemos detener nuestra vida cuando estamos atravesando una situación difícil.
Hay hijos que atender, trabajos a los que acudir, personas que dependen de nosotros, responsabilidades económicas y compromisos que no desaparecen porque emocionalmente no nos encontremos bien.
Por eso, muchas personas siguen cumpliendo con sus obligaciones incluso cuando están sufriendo. Trabajan, organizan, resuelven, conversan y mantienen sus rutinas. Desde fuera puede parecer que todo marcha razonablemente bien. Pero seguir funcionando no significa necesariamente encontrarse bien.
En algunas ocasiones, mantener las actividades cotidianas resulta beneficioso y proporciona estructura, conexión y momentos de bienestar. En otras, ese funcionamiento puede estar acompañado de un esfuerzo emocional enorme que los demás no perciben.

Cada persona vive y expresa su malestar de una manera diferente.

No siempre contamos todo lo que nos ocurre

También debemos tener en cuenta que no todas las personas desean compartir públicamente sus dificultades.
Hay quienes necesitan hablar de lo que sienten y quienes prefieren reservar determinadas experiencias para su entorno más cercano. Algunas personas no quieren explicar continuamente qué les ocurre. Otras todavía están intentando comprenderlo. Y otras simplemente desean disfrutar de una conversación sin que todo gire alrededor de sus problemas.

Podemos elegir qué compartimos, con quién y en qué momento. No contar algo no significa que no esté ocurriendo. Y mostrar una parte agradable de nuestra vida no significa que estemos ocultando deliberadamente la realidad.
A veces simplemente estamos viviendo distintas partes de ella.

No necesitas parecer triste para tener derecho a pedir ayuda

En ocasiones somos nosotros mismos quienes cuestionamos nuestro malestar.
“Si ayer estuve tan bien, quizá no estoy tan mal.”
“Si puedo seguir trabajando, no será para tanto.”
“Hay personas que están mucho peor.”
“Si todavía tengo ganas de salir, quizá no necesito ayuda.”

Pero el sufrimiento emocional no se mide exclusivamente por cuántas veces lloramos, cuánto salimos de casa o cuántas actividades hemos dejado de hacer.
También importa cómo nos sentimos, qué pensamientos nos acompañan, cuánto esfuerzo nos supone el día a día, cómo estamos durmiendo, cómo nos relacionamos con nosotros mismos y cuánto tiempo llevamos atravesando esa situación.
No es necesario llegar a un punto de incapacidad para reconocer que algo nos está afectando.

No tienes que dejar de sonreír, de arreglarte o de hacer planes para que tu malestar merezca atención.

Podemos disfrutar y necesitar ayuda al mismo tiempo

A veces pensamos que, para empezar a encontrarnos mejor, primero tiene que desaparecer todo aquello que nos está haciendo sufrir. Pero la vida no suele funcionar de una manera tan ordenada.

Podemos estar atravesando un duelo y disfrutar de una celebración. Podemos sentir ansiedad y pasarlo estupendamente durante un viaje. Podemos estar preocupados por nuestra familia y sentir ilusión por un proyecto. Podemos vivir una etapa emocionalmente complicada y seguir teniendo ganas de vestirnos bien, conocer gente o salir a divertirnos.

Disfrutar de esos momentos no significa negar lo que nos ocurre. Tampoco significa que estemos fingiendo cuando decimos que nos encontramos mal. Ambas experiencias pueden coexistir.

Y quizá una de las cosas más importantes que podemos aprender, tanto respecto a nosotros mismos como a los demás, sea dejar de exigir que el sufrimiento tenga una apariencia determinada. Porque hay personas que lloran y personas que sonríen. Personas que se aíslan y personas que buscan compañía. Personas que dejan de hacer planes y personas que intentan mantenerlos.
Y ninguna de esas conductas, por sí sola, nos permite conocer todo lo que alguien está viviendo.

Estar mal no siempre se parece a estar llorando. A veces también se parece a alguien que se ha arreglado, ha salido de casa, se ha reído y, al volver, sigue teniendo algo que le duele.

En Marita. Acompañamiento psicológico acompaño a personas que atraviesan situaciones vitales complejas, duelos, conflictos familiares y etapas de malestar emocional.

No es necesario que nuestro sufrimiento sea visible para los demás para reconocerlo, comprenderlo y buscar acompañamiento cuando lo necesitamos.

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